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Linfomas: Enfermedad de Hodgkin y Linfomas No Hodgkin

 

Un linfoma es una proliferación (es decir una multiplicación) maligna de un tipo de glóbulos blancos, los linfocitos. Estas células forman parte del sistema de defensas del organismo y circulan por el sistema linfático. Este sistema está constituido por los ganglios linfáticos, que se encuentran distribuidos por todo el cuerpo (cuello, axilas, ingles, tórax y abdomen), y por una red de finos vasos que los comunican entre sí. También hay tejido linfático en otros órganos como el bazo, el timo, la médula ósea.

 

Los linfomas no se contagian. Aunque en la mayoría de los casos se desconoce la causa que dio origen a un linfoma, sabemos que las personas con algún déficit congénito o adquirido de la inmunidad (por ej. los pacientes que tienen infección por VIH o que han recibido el trasplante de algún órgano) tienen mayor riesgo de presentar este tipo de enfermedades. 

 

¿Cómo se clasifican los linfomas? 
Hay dos grandes tipos de linfoma: el linfoma o enfermedad de Hodgkin y los linfomas no Hodgkin que son los más frecuentes y que incluyen numerosos subtipos.

 

La Enfermedad de Hodgkin tiene dos picos de incidencia: uno en personas entre los 15 y 30 años y el otro entre los 55 y 70 años. La célula anormal por la que se lo identifica deriva de los linfocitos B y se denomina célula de Reed-Stemberg.

Los linfomas no Hodgkin se dividen en 2 grandes grupos según se originen en linfocitos B o en linfocitos T. En nuestro medio los más frecuentes son los linfomas B y entre ellos los linfomas foliculares y los de células grandes B que dan cuenta aproximadamente del 50% del total de este tipo de linfomas.

 

¿Qué síntomas puede presentar un paciente con linfoma? 
Habitualmente los linfomas se presentan como ganglios aumentados de tamaño. Cuando afectan aquellos localizados en zonas accesibles, como el cuello, axilas o ingles, el paciente puede notar este aumento y consultar al médico por esta causa. Otros síntomas que pueden motivar la consulta son fiebre sin causa aparente, pérdida de peso, sudoración profusa y picazón en el cuerpo. 


Ante la sospecha de un linfoma es fundamental obtener un diagnóstico preciso y esto requiere realización de una biopsia de un ganglio u otro tejido afectado que debe ser evaluada por un anatomopatólogo experto, y debe incluir algunos estudios especiales como la determinación del inmunofenotipo y estudios citogenéticos.

 

Una vez que hemos confirmado el diagnóstico se debe proceder a la estadificación de la enfermedad, es decir determinar la extensión de la misma. A través del examen físico y de distintos estudios complementarios como las tomografías computadas, resonancias magnéticas, PET, examen de la médula ósea, podemos evaluar la ubicación de los ganglios afectados y si existe compromiso de otros órganos. 

 

¿Cuál es el tratamiento?
Para poder definir la conducta terapéutica es fundamental determinar con exactitud cuál es el tipo de linfoma.

 

Hoy en día el objetivo del tratamiento de la Enfermedad de Hodgkin es la curación, la cual puede lograrse entre el 70 y el 90% de los casos con la utilización de quimioterapia, radioterapia o ambos.
El tratamiento de los linfomas no Hodgkin se basa en la utilización de quimioterapia, anticuerpos monoclonales como el rituximab, radioterapia, y en algunos casos trasplante de células progenitoras hematopoyéticas.

 

Algunos tipos de linfomas no Hodgkin se comportan en forma indolente, con tendencia a un crecimiento lento, sin que la enfermedad cause problemas durante años. Para algunos de estos pacientes se recomienda no administrar tratamiento hasta que se manifiesten síntomas aunque se deben realizar controles médicos adecuados para detectar el momento en que sea necesario iniciar alguna terapéutica.

 

Otros subtipos de linfoma no Hodgkin son agresivos, crecen rápidamente y requieren tratamiento en forma inmediata a la realización del diagnóstico. En general este tipo de linfomas responde bien al tratamiento y muchos de ellos se curan.